EL AMOR VERDADERO SE SIENTE POR UNA PROSTITUTA; DIJO EL ABUELO A SU NIETO

Aun cierro los ojos y la veo ahí;
dibujando un corazón en la espalda de alguien
Recuerdo a mi abuelo colocado al borde de su diván de segunda mano, asintiendo con amplia sonrisa y disparando con la mirada sus momentos de faldero, en los tiempos donde el vicio costaba caro y el desenfreno estaba prohibido.
Su piel era parda como el azúcar. Sus brazos nervudos se aferraban a los años dedicados al boxeo profesional. Tenía una mirada pícara, una sonrisa ilusa y una resina tan fragante que atraía a su panal un montón de abejas, agradables y encantadoras de la primera a la última. Y mi abuela, que en paz descanse, siempre en cólera; del salón a la cocina y desde la cocina velaba la puerta.
Un día me contó la historia de un amor verdadero: la existencia de ese alguien para los cuales sus recursos de encantador no surtieron efecto. Si la memoria no me falla, los dos tomaron distintos caminos por razones que nunca quedaron claras, aunque logré discernir en sus palabras que aquella mujer le había pateado el trasero más de una vez.
Sin embargo, me describió su tiempo con ella como una novela aterradora, febril y autodestructiva, donde se pasaban cada momento buscándose uno al otro y se reconciliaban solo para destruirse nuevamente.
Mi abuelo tenía las palabras más fascinantes para convertir un hecho intolerable en una novela atractiva y enigmática. Se le daba bien, lo admito. Se creía dichoso por su verborrea extravagante y su mente encriptada. Yo… creía que era más bien preocupante.
—Hay cuestiones en la vida para las cuales no se tiene una respuesta clara; o ninguna. —me decía un día—. Por ejemplo, ¿por qué la mayoría de las parejas se aferran a estar juntas incluso cuando la propia convivencia es una misión suicida?
Me quedé boquiabierto con la respuesta en la punta de la lengua. Intenté levantar la mano pero no me salía.
—Solo he escuchado a unos pocos cuestionárselo. ¿Cuál crees que ha sido la respuesta?
«Ni idea», pensé.
—Pregunto y luego respondo, ya que llevamos una buena media hora de monólogo —me regañó—. Muchos dirían que sus conyugues son excelentes personas. Amigos, antes que nada. Dirán que por nada del mundo renunciarían al amigo de toda la vida porque a los amigos no se abandonan.
No pude evitar confundirme con el popurrí de ideas.
—Apuesto a que no debe ser nada fácil encontrar a alguien dispuesto a tolerar nuestros malos ratos. Y lo digo por ti, abuelo.
Desde la cocina se escuchó la singular carcajada de la abeja a la que menos atención se le prestaba.
—Un diez por la menuda simpatía —me dijo—, ahora te pregunto, ¿por qué se conforma la mayoría con tan poco?
—Aguantarte todo el día… ¿te parece poco?
Instalado en sus ideas ignoró mi planteamiento, como siempre.
—Porque tiene un gran corazón. Porque siempre estará a mi lado —insistía en voz baja—. No se puede vivir con esa dieta de pasión y ese exceso de monotonía. Dada la circunstancia, si no te cuestionas a ti mismo, no sabrás si amas realmente a quien tienes a tu lado. No obstante, si te debes a alguien despiadado por el que estás dispuesto a tragar buches amargos en silencio, sabrás, sin lugar a duda, que la dependencia y la lujuria que te corroe es auténtica.
Lo miré con desentendimiento.
—El amor verdadero se siente por una prostituta, mi querido nieto. Es tan sencillo como eso.
«¡Qué masoquismo!», pensé entonces.
Mi viejo boxeador estaba completamente loco. Sus puñetazos al aire advertían una guerra que nunca llegaría. ¿Es que no comprendía que yo era muy joven para esa lluvia de experiencias?
Mi juventud pasó así: como un cometa. Él preparándome excesivamente para un futuro lleno de misterios y yo prefiriendo hablar de estrellas fugaces, automóviles prehistóricos y caballitos de mar.
Inevitablemente, me le fui de las manos a la juventud y aquel jovencillo de pensamiento simple creció para volverse un maldito bribón. Ya lo digo siempre, mi viejo debe estar retorciéndose en su tumba.
A diferencia suya, mi piel es más oscura que dos cucharadas de azúcar negra. La mirada no tan fija, más bien entretenida y una risa tonta con diez dedos cubriéndome la boca por el complejo acumulado en la juventud. Seamos sinceros, la boca grande y los labios pronunciados lucen en unos lugares atractivo, incluso eróticos. En otros son exactamente lo contrario.
En una fiesta de Erasmus conocí a una chica que puso mi mundo patas arriba. Tenía una elegancia única, sensualidad envolvente, sonrisa siniestra y un formidable posterior de centauro con una gruesa crin cobriza. Sus labios tenían una envoltura firme con un ligero acento marsellés.
En poco tiempo la sentí mía y a la vez de todos. La esperaba y nunca llegaba. Le pedía más y me hacía llegar, exactamente, hasta el punto donde lo suficiente no era suficiente. Era un ser salvaje. Una mala influencia que me obligaba a asecharla por las estrechas calles de Marsella.

“Dispuesto a lo peor; embolsarme una cuota de antecedentes penales como todo un Montana si fuera necesario”
Una mañana, entre un desayuno y treguas, me sentí indefenso cuando me pidió que dejara de proteger mi sonrisa con las manos porque ella quería verla. Mi respuesta fue contundente:
—En mi juventud dos cosas estuvieron de moda: adicción y complejos. Preferí lo segundo.
Su risa mantenida, fuera por ninfo-deseo o por dinero, produjo en mi ombligo un hormiguero incesante.
—Pues, si yo tuviera tu sonrisa, me pasaría la vida sonriendo —me dijo, sirviéndome sus ganas con un guiñito de ojo.
«Diablos, ¿por qué me gustas tanto?», no dimitía la disputa en mi cabeza.
¿El final del desayuno? Lo mismo de siempre. Suavemente, un guiño tras otro, encantándome como a las serpientes y, a la de la flauta que le placía domesticar a víboras como yo. Había logrado ser testigo de lo que tanto mi abuelo me había advertido. La misma historia llevada a otro nivel.
Una mañana reveladora, regresaba de la Patisserie con un pan baguette, mermelada y un café exprés —tal y como a ella le gustaba. Extrañado, me detuve en medio de una calle que traía a lo lejos un festivo que se acercaba cada vez más.
El estruendo que escuchaba en la distancia se transformaba en toque tambores que golpeaban frente a mí. Me rodeaban los de las marimbas, me aullaba el gentío y con el rebote de un Batá sentí el peso de la mirada de una joven hermosa que describí entre lo perfecto e imprescindible, su sensualidad mítica me hizo saltar entre la gente. Iba muy bien vestida: falda corta y un jersey de cuello envuelto. De haberla reconocido le hubiese dejado una sonrisa descubierta, pero decidí guiñarle el ojo y con astucia, disimuló la mirada. Aunque no pudo evitar que se le sudara la frente, mucho menos que se corriera el maquillaje.
Iba con detenimiento, como si mis celos tuviesen el tiempo del mundo para ver su propuesta de falsa señora bajo el cuidado de un ricachón que andaba más cerca de la muerte que de aquel carnaval. En un grito de confort se me fue su nombre, mas ella prefirió escuchar la música. En ese instante, se me acalló la esperanza y cayó la temperatura cinco bajo cero.
Encontré en ese momento las fuerzas necesarias para despedirme de la ciudad y de todo lo que allí había vivido. Otra vez divagaban por mi mente las historias de mi abuelo y la frase imperecedera de la prostituta, en mi caso: una escolta. Había encontrado el amor y mi sentimiento no estaba condicionado a la compañía de una buena mujer, porque ella de buena no tenía ni el acento.
Ya han pasado tres años. Ahora vivo y trabajo en Amberes al descanso del río Escalada. Me dedico a renovar una de las columnas de la única revista digital flamenca con alta repercusión en Francia. La búsqueda de mi trabajo fue con toda la intención de disfrutar el recuerdo de lo vivido y poderlo mantener así: como un recuerdo. Soy de los que prefiere lidiar más con la fantasía que con las realidades. Aunque, en ocasiones, me permito soñar con que soy un tornado y que las masas de aire se lo llevan todo menos el momento en que la conocí. Cada vez que despierto me depara la misma sorpresa: los soñadores no viven felices para siempre.
Un día encontré un comentario en la sección de ‘Preguntas y Respuestas’ de la revista para la que trabajaba que decía:
“¡Si yo tuviera tu sonrisa me pasaría toda la vida sonriendo! ¡Regresa a mí!”
El corazón se me sobresaltó y traté de tomar medidas pertinentes que hicieran calmar toda la inquietud de aquellos años que recurrieron al presente con la intensidad del recuerdo de sus besos.
«¿Cómo se puede olvidar todo tan rápido? ¡Que no tienes quince años!», pensé.
El saltarín que llevaba en el pecho no daba crédito a las heridas. No guardaba rencor ni temía a nada. Sin más, retomó la esperanza y echó a correr para de un bocado comerse la vida a rebanadas.
Pensé: ¿Habrá sido abuela aquella chica que enloqueció a mi viejo? ¡Da igual!, no me lo hubiese dicho nunca.
Era un hombre misterioso y quimérico después de todo. Jamás revelaría un secreto que sería toda mi responsabilidad descubrirlo. No estaba seguro a donde me llevaría regresar a Marsella, pero estaba dispuesto a averiguarlo.
Intenté buscar respuestas en el estruendo de las aguas del Escalada, pero, tal y como lo esperaba, los ríos no hablan.
La última publicación en mi columna fue:
“Me tengo que ir… ¡no llores por mí, Amberes!”

© Héctor A López Olivera 2015

¿Quién es Héctor?
Comencé a recetar soluciones para la amargura desde pequeño y en casa pensaron que sería doctor. Luego de un tiempo, mi madre … Más