TU LOCURA ES PA' ESTE CONGO

Tu locura es para este congo

El pasado de mi antepasado:
lo que le debo al recuerdo

Grilletes apretados a los huesos del tobillo, hipa y habla sola. Cadenas que desgarran el vigor de una autoestima toda lastimada.
Sacudida por el viento cual si fueran tambores,
y opuesta a sus ambiciones aceptó entregar en vilo sus emociones.

Tan blanca era la arena como negra su hermosura,
verde el pastizal.
Una pera con matiz de berenjena, revestida de pulpa gruesa.
—¡Por piedad! —me dijo—, nos tratan como a siervos sometidos. 
Si te tumbas de costa’o por encima de’ grillete
ves a un libre mirando mis rodillas.
Si es buen mulo y se atreve conmigo a solas
esta Carabela se desvía, te lo aseguro.

—¡Qué tienes alma de zalamera!
Hombre libre no conoce donde mora tu cintura, 
ni tu sangre de amargura.
—¡Ay, de un buen tajo le muestro que necesito!
—Cada oveja con su pareja, niña mía.
Libre calza cuero oscuro, su ropaje es de mangotes. 
Tú y yo: trapos que destapan la agonía.
En secreto destinados. 
Tu locura es pa’ este congo.

Se detuvo la Carabela.
Hombre libre se espantó, del velero me lanzó
me quedé a la deriva.
Grité en hausa: —negra salta, ‘ente conmigo. 
—De que vale que te quemen en la hoguera. 
Pue’ que estemos destina’os, pero esto es aquí son ‘otras tierras’.
 Márchate y busca tu propia fantasía. 
¡Fuera ruinas! Quiero tener a mi lado,
 al libre, no a tus épicas profecías.

Lancé al viento cien corolas de amapolas
deshojándome el recuerdo
de su risa con la mía durante la travesía.
Rendí esfuerzos antes el sol del último día,
mas una barca arrebató mi pretensión de testamento.
El mar que es un pañuelo, la suerte íntima amiga.
A la vista: ¡una libre con sentimientos!
Que forró mi cuerpo entre ropajes.
Que liberó del tobillo mi impedimento.

Negra, aunque lejos pinta de azul el mismo cielo.
Burlándose anda el consuelo, tortura el olor de tu pelo
y mis ojos que no te olvidan.
Pue’ que hasta siempre te recuerde, niña mía.
Que el cielo te conceda larga vida, ¡madre mía!
Triste calla mi salvadora,
en rincones escondidas
O por ahí va deshojando margaritas.
Moriré como cateto desmedido,
pero una libre no es pa’ este congo.

Hoy veo llegando otros navíos de mis tierras.
Remando a to’a canoa, les golpeaban con soga
sus troncos resbaladizos.
—¡¡¡Parad, parad!!! Esos que sufren son gente mía.
Se va la cuenta y se apagan muchos luceros.
De sol a codo el trabajo, del grillete a la herida.
¿Acaso es poca su desdicha tras desdicha?
El ojo águila de un libre quebró mi boca
por impugnarle la osadía.

Látigo, palos, hierba seca y la candela.
Un mortero de madera, un sopón de primaveras,
fue mi último alimento.
Y gritó mi salvadora:
—Huye por mí; monte adentro, loma arriba.
—Huyo y serás el escarmiento no, pues lo seguido.
Impotencia de impotencias, prepotencia de un cobarde 
que prendió en fuego un trocillo de su blanco batilongo
—Que te han mata’o —gritó—, salvarte no he podido.
—Pero has logra’o que te ame un congo.

 

© Héctor A López Olivera 2015

[instagram-feed disablemobile=true]
¿Quién es Héctor?

Comencé a recetar soluciones para la amargura desde pequeño y en casa pensaron que sería doctor. Luego de un tiempo, mi madre  … Más

Suscríbete para que recibas una notificación cada vez que se publique

* campo obligatorio